Una visión que nos recuerda lo urgente de volver a vincular al ser humano con su entorno natural
domingo, 13 de octubre de 2013
jueves, 10 de octubre de 2013
La crisis económica es también una crisis ecológica
Florent Marcellesi
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=175258
Hace poco un compañero sindicalista
me retaba, con cariño, a explicar cómo se relacionan crisis económica y
crisis ecológica. Recojo el guante y aprovecho para transmitir un
mensaje clave. Una salida duradera a la crisis económica pasa necesariamente por luchar al mismo tiempo contra la crisis ecológica.
Y será más factible tener éxito en esta tarea si los sindicatos
interiorizasen más esta realidad e hicieran de la ecología un eje
central de su teoría y práctica.
De hecho, crisis económica, social y ecológica son tres facetas de una misma crisis.
Son interdependientes y se retroalimentan entre ellas. No es
sorprendente puesto que nuestro modelo de organización social y
económica depende de los recursos naturales disponibles y, a su vez, la
salud de nuestros ecosistemas (y por tanto de nuestro futuro) dependen
de este modelo socio-económico. Por un lado, la globalización y las economías llamadas modernas están totalmente basadas en la energía y materias primas baratas, abundantes y de buena calidad.
Por ejemplo, el transporte o el sistema agroalimentario dependen de los
combustibles fósiles en general y del petróleo en particular. Por otro
lado, los impactos sobre el medio ambiente del sistema económico son hoy
patentes. El cambio climático, de origen humano, es una amenaza para
las generaciones futuras y nuestra economía: en caso de seguir los
escenarios de Business as usual, los costes del cambio climático podrían ser superiores al 20% del PIB europeo en los años venideros.
Para ilustrar este análisis, tomemos el ejemplo de la crisis del 2008. Es evidente que la falta de control y regulación de los mercados, la avaricia del 1% o la desconexión entre finanzas y economía productiva, son elementos esenciales que explican parte de la crisis. Pero no lo explican todo. Como hemos apuntado, nuestra máquina socio-económica tiene un problema de drogadicción con el oro negro. Por desgracia para ella, desde 1999 los precios del petróleo no han parado de aumentar principalmente por los efectos acumulados del techo del petróleo (es decir escasez de oferta), la creciente demanda en constante aumento (principalmente en los países emergentes como China o la India) y la especulación (que se aprovecha de la tensión entre demanda y oferta) (véase gráfico 1).
Lógicamente, cuando ya no tiene acceso a buen precio a su dosis diaria, la máquina se pone gravemente enferma. Y más aún si de por sí no está en buen estado de salud (al haber por ejemplo comido demasiados “activos tóxicos”).
En la actual crisis, tras un aumento continuo desde 1998, el barril de petróleo superó por primera vez los 100 dólares a finales de 2007 y alcanzó su máximo en julio del 2008 con 147 dólares. Como se analizaba antes de la crisis incluso desde la FED (el banco central estadounidense), ese aumento récord de los precios del crudo fue una de las principales fuentes de inflación. Además de suponer un alza de los precios de los alimentos con consecuencias dramáticas para los países del Sur, la inflación supuso una brutal pérdida de poder adquisitivo para las clases medias y bajas y un aumento de las tasas de interés (y de las hipotecas). Al mismo tiempo, un mayor precio del petróleo significó también un mayor precio de la energía y de la gasolina. En un país como Estados Unidos donde el coche es imprescindible para ir a trabajar y por tanto generar un salario que a su vez permita pagar la casa, mucha gente —a quién se le había otorgado hipotecas basuras sin ningún tipo de control— se vio económicamente ahogada entre la “pared hipoteca” y la “espada gasolina”. Por tanto, el economista Jeremy Rifkin o el sindicalista Manuel Garí tienen razón en afirmar que la actual crisis económica tiene, como uno de sus principales detonantes, el precio de la energía. Junto con otros factores sistémicos (dominio de la economía financiera, connivencias entre mercados y alta política, agencias de calificación de riesgos al servicio de la banca, etc.), formó parte de un cóctel explosivo que desembocó en la mayor recesión desde 1930.
Pero es que incluso si atendiésemos a los factores sistémicos no ecológicos (que sí o sí tenemos que erradicar), la máquina seguiría enferma porque, en el fondo, tiene un problema de metabolismo. Vicenç Navarro afirma por ejemplo que “si los salarios fueran mas altos, si la carga impositiva fuera más progresiva, si los recursos públicos fueran más extensos y si el capital estuviera en manos más públicas (de tipo cooperativo) en lugar de privadas con afán de lucro, tales crisis social y ecológica (y económica y financiera) no existirían” (Público, 07-03-2013). Sin embargo, eso no es suficiente. Incluso si redistribuyéramos de forma equitativa las rentas entre capital y trabajo, y todos los medios de producción estuviesen en manos de los trabajadores, la humanidad seguiría necesitando las 1’5 planetas que consume hoy en día (y no hace falta recordar que “no tenemos planeta B”). Al fin y al cabo, nuestro sistema socio-económico heredado de la revolución industrial es como un aparato digestivo a gran escala con problemas de sobrepeso estructurales. Ingiere recursos naturales por encima de las reservas de la nevera Tierra, los transforma en “bienes y servicios” que (además de ser mal repartidos) no son buenos para la salud de sus glóbulos rojos, y produce demasiados residuos no asimilables por su entorno.
Además este cuerpo tiene una enfermedad añadida: no sabe parar de crecer. Y para alimentar este crecimiento infinito, calculado por el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), necesita absorber muchas proteínas abundantes y baratas (la energía) y quemarlas sin restricción hacia la atmósfera (el 75% de las emisiones de CO2 desde la época preindustrial resultan de la quema de los combustibles fósiles). Eso ocurre en las economías productivistas en general y en España en particular donde, como demuestra Jesús Ramos, “el crecimiento real de la economía española ha ido de la mano de un crecimiento en la misma proporción del consumo de energía” (véase gráfico 2).
Gráfico
2: Relación entre consumo de energía primaria (azul) y PIB (rojo) en
España. Fuente: Ramos, J. Dependencia energética en España.
Dicho de manera simplificada, el PIB es una función de la energía
disponible. Cuando no hay suficiente petróleo, que representa el 40% de
la energía final en el mundo, no hay “suficiente energía” y no hay
“suficiente PIB”. Es lo que hemos verificado desde 1973: no
consumimos menos petróleo por culpa de la(s) crisis sino que estamos en
recesión (entre otros motivos) por tener menos petróleo. Y la
recesión se hace hoy aún más fuerte en los países con mayor dependencia
energética en Europa que, casualidad, son Grecia, Portugal, España e
Irlanda…
Sin embargo, sanar el enfermo es posible. Primero, se debe hacer un diagnóstico correcto basado en entender que 1) cualquier economía es indisociable de la realidad física que la sostiene 2) como demuestra Tim Jackson en su libro “Prosperidad sin crecimiento“, no es posible desacoplar de forma convincente el PIB del consumo de energía y de las emisiones de CO2. De hecho, por mucho que disminuyan la intensidad energética y el CO2 emitido por unidad producida, las mejoras tecnológicas se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas en términos absolutos (es el llamado “efecto rebote”). Por tanto, el paciente necesita urgentemente deshacerse de su “drogadicción al crecimiento” y adoptar un nuevo estilo de vida saludable. Como cualquier ser humano que una vez llegada su edad adulta sigue madurando sin crecer de tamaño, debe reconocer que su bienestar ya no depende del crecimiento del PIB. Debe también solucionar sus problemas de sobrepeso desde una doble perspectiva de justicia social y ambiental: reducir su huella ecológica hasta que sea compatible con la capacidad del planeta a la vez que redistribuye de forma democrática las riquezas económicas, sociales y naturales.
En este camino hacia la sociedad del vivir bien, los sindicatos (y los intelectuales de izquierdas) son fundamentales. Tras su nacimiento al calor de la revolución industrial, se pueden reinventar a la luz de los límites ecológicos del Planeta. Pueden hacer suya esta nueva realidad social y ecológica, y llevarla a los centros de trabajo. La transición ecológica de la economía puede convertirse pues en el eje de una visión y lucha compartida entre los movimientos obrero y ecologista (y ¡muchos más!). Ya que la crisis económica tiene raíces ambientales, solo habrá economía próspera, paz y justicia social si remediamos también a la crisis ecológica.
Florent Marcellesi, coautor del libro Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible (El Viejo Topo, 2013)
Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/7822/la-crisis-economica-es-tambien-una-crisis-ecologica/
Para ilustrar este análisis, tomemos el ejemplo de la crisis del 2008. Es evidente que la falta de control y regulación de los mercados, la avaricia del 1% o la desconexión entre finanzas y economía productiva, son elementos esenciales que explican parte de la crisis. Pero no lo explican todo. Como hemos apuntado, nuestra máquina socio-económica tiene un problema de drogadicción con el oro negro. Por desgracia para ella, desde 1999 los precios del petróleo no han parado de aumentar principalmente por los efectos acumulados del techo del petróleo (es decir escasez de oferta), la creciente demanda en constante aumento (principalmente en los países emergentes como China o la India) y la especulación (que se aprovecha de la tensión entre demanda y oferta) (véase gráfico 1).
Lógicamente, cuando ya no tiene acceso a buen precio a su dosis diaria, la máquina se pone gravemente enferma. Y más aún si de por sí no está en buen estado de salud (al haber por ejemplo comido demasiados “activos tóxicos”).
En la actual crisis, tras un aumento continuo desde 1998, el barril de petróleo superó por primera vez los 100 dólares a finales de 2007 y alcanzó su máximo en julio del 2008 con 147 dólares. Como se analizaba antes de la crisis incluso desde la FED (el banco central estadounidense), ese aumento récord de los precios del crudo fue una de las principales fuentes de inflación. Además de suponer un alza de los precios de los alimentos con consecuencias dramáticas para los países del Sur, la inflación supuso una brutal pérdida de poder adquisitivo para las clases medias y bajas y un aumento de las tasas de interés (y de las hipotecas). Al mismo tiempo, un mayor precio del petróleo significó también un mayor precio de la energía y de la gasolina. En un país como Estados Unidos donde el coche es imprescindible para ir a trabajar y por tanto generar un salario que a su vez permita pagar la casa, mucha gente —a quién se le había otorgado hipotecas basuras sin ningún tipo de control— se vio económicamente ahogada entre la “pared hipoteca” y la “espada gasolina”. Por tanto, el economista Jeremy Rifkin o el sindicalista Manuel Garí tienen razón en afirmar que la actual crisis económica tiene, como uno de sus principales detonantes, el precio de la energía. Junto con otros factores sistémicos (dominio de la economía financiera, connivencias entre mercados y alta política, agencias de calificación de riesgos al servicio de la banca, etc.), formó parte de un cóctel explosivo que desembocó en la mayor recesión desde 1930.
Pero es que incluso si atendiésemos a los factores sistémicos no ecológicos (que sí o sí tenemos que erradicar), la máquina seguiría enferma porque, en el fondo, tiene un problema de metabolismo. Vicenç Navarro afirma por ejemplo que “si los salarios fueran mas altos, si la carga impositiva fuera más progresiva, si los recursos públicos fueran más extensos y si el capital estuviera en manos más públicas (de tipo cooperativo) en lugar de privadas con afán de lucro, tales crisis social y ecológica (y económica y financiera) no existirían” (Público, 07-03-2013). Sin embargo, eso no es suficiente. Incluso si redistribuyéramos de forma equitativa las rentas entre capital y trabajo, y todos los medios de producción estuviesen en manos de los trabajadores, la humanidad seguiría necesitando las 1’5 planetas que consume hoy en día (y no hace falta recordar que “no tenemos planeta B”). Al fin y al cabo, nuestro sistema socio-económico heredado de la revolución industrial es como un aparato digestivo a gran escala con problemas de sobrepeso estructurales. Ingiere recursos naturales por encima de las reservas de la nevera Tierra, los transforma en “bienes y servicios” que (además de ser mal repartidos) no son buenos para la salud de sus glóbulos rojos, y produce demasiados residuos no asimilables por su entorno.
Además este cuerpo tiene una enfermedad añadida: no sabe parar de crecer. Y para alimentar este crecimiento infinito, calculado por el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), necesita absorber muchas proteínas abundantes y baratas (la energía) y quemarlas sin restricción hacia la atmósfera (el 75% de las emisiones de CO2 desde la época preindustrial resultan de la quema de los combustibles fósiles). Eso ocurre en las economías productivistas en general y en España en particular donde, como demuestra Jesús Ramos, “el crecimiento real de la economía española ha ido de la mano de un crecimiento en la misma proporción del consumo de energía” (véase gráfico 2).
Sin embargo, sanar el enfermo es posible. Primero, se debe hacer un diagnóstico correcto basado en entender que 1) cualquier economía es indisociable de la realidad física que la sostiene 2) como demuestra Tim Jackson en su libro “Prosperidad sin crecimiento“, no es posible desacoplar de forma convincente el PIB del consumo de energía y de las emisiones de CO2. De hecho, por mucho que disminuyan la intensidad energética y el CO2 emitido por unidad producida, las mejoras tecnológicas se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas en términos absolutos (es el llamado “efecto rebote”). Por tanto, el paciente necesita urgentemente deshacerse de su “drogadicción al crecimiento” y adoptar un nuevo estilo de vida saludable. Como cualquier ser humano que una vez llegada su edad adulta sigue madurando sin crecer de tamaño, debe reconocer que su bienestar ya no depende del crecimiento del PIB. Debe también solucionar sus problemas de sobrepeso desde una doble perspectiva de justicia social y ambiental: reducir su huella ecológica hasta que sea compatible con la capacidad del planeta a la vez que redistribuye de forma democrática las riquezas económicas, sociales y naturales.
En este camino hacia la sociedad del vivir bien, los sindicatos (y los intelectuales de izquierdas) son fundamentales. Tras su nacimiento al calor de la revolución industrial, se pueden reinventar a la luz de los límites ecológicos del Planeta. Pueden hacer suya esta nueva realidad social y ecológica, y llevarla a los centros de trabajo. La transición ecológica de la economía puede convertirse pues en el eje de una visión y lucha compartida entre los movimientos obrero y ecologista (y ¡muchos más!). Ya que la crisis económica tiene raíces ambientales, solo habrá economía próspera, paz y justicia social si remediamos también a la crisis ecológica.
Florent Marcellesi, coautor del libro Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible (El Viejo Topo, 2013)
Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/7822/la-crisis-economica-es-tambien-una-crisis-ecologica/
martes, 1 de octubre de 2013
BéLGICA PROHIBE LA VENTA DE CELULARES PARA NIñOS MENORES DE 7 AñOS.
| http://reporte24.com/index.php?target=l33r3sungust03star1nf0rmad03sm1d3r3ch0&id=3565#.UksUG3_TC9U | ||
La decisión viene blindada con una nueva ley recientemente publicada en el Boletín Oficial de ese país. De forma tajante, la ley prohíbe la publicidad de los teléfonos móviles y teléfonos inteligentes dirigidos a niños menores de 13 años. La razón: la radiación que los teléfonos podrían causar y el daño que les puede provocar a los menores.
Un adulto llega a utilizar solamente la mitad de la vida de un teléfono móvil. Pero un niño queda expuesto al dispositivo móvil desde una edad muy temprana.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Plásticos Tóxicos: Sugerencia de cuales evitar
Plásticos Tóxicos: Sabes Cuáles Son?
Los plásticos están en todas partes y en la mayoría de los casos son muy baratos y convenientes. Sin embargo, cada vez más científicos, están descubriendo que hay un alto precio ya que afecta nuestra salud. Algunos plásticos comunes liberan sustancias químicas nocivas en el aire, los alimentos y las bebidas. Estas sustancias son invisibles, sin embargo sí tu utilizas plástico en tus alimentos, lo más probable es que estes consumiendo parte de éstos con tus comidas.
Más allá de los riesgos en la salud inmediatos, el uso creciente de estos plásticos está causando una enorme cantidad de contaminación permanente. Cada pedazo de este material permanece a traves del tiempo (a excepción de lo poco que ha sido incinerado y que libera sustancias químicas tóxicas). En el océano, los residuos plásticos se acumulan en espirales gigantes de basura, donde, entre otras cosas, los peces ingieren trozos de estos plásticos tóxicos a un ritmo que pronto comer los alimentos del mar se convertirá en un riesgo.
El plástico es generalmente tóxico cuando se fabrica, tóxico en su uso y tóxico cuando se desecha. Por suerte, todos podemos tomar decisiones más seguras.
Reduce el consumo de Plásticos Tóxicos!
Muchos tipos de plásticos desprenden toxinas en los alimentos o líquidos que los contienen.
Consejos
• Es preferible utilizar envases de vidrio con la tapa plástica para almacenar alimentos, ya que el plástico contiene bisfenol A (BPA), PCBs, PBDE, ftalatos, colorantes y otras peligrosas tóxinas. El PBDE puede producir infertilidad, y el BPAs hace estrago en el sistema endocrino al tener el mismo comportamiento que los estrógenos.
• Evita las bandejas y vasos de estirofoam (similar al corcho blanco), sobre todo con líquidos calientes, porque además de bisfenol A, desprenden poliestireno, un tóxico muy dañino para el organismo. Evita este tipo de material sobre todo para meterlo al microondas y para bebidas calientes.
• Tampoco se recomienda utilizar film transparente o papel de aluminio para conservar los alimentos. La acumulación de aluminio en el cerebro es una de las causas principales de Alzheimer. Sustituirlos por bolsitas de cierre hermético tipo Zip, elaboradas con HDPE , un tipo plástico que no desprende tóxinas.
•Lo mejor que puedes hacer es reducir el uso de plásticos. Busca alternativas naturales como telas, madera, bambú, vidrio, acero inoxidable, etc . Tambien, cuando compres productos, busca objetos con menos (o sin) empaques de plástico. Si compras plástico, escoje productos que se pueden reciclar o re-usar (por ejemplo, un vacito de yogur que se puede volver a utilizar para guardar crayones).
• Conoce tus plásticos – comenzando con esta guía:
Comunmente Encontrados en: botellas de refrescos, botellas de agua, botellas de aceite de cocina
Riesgos: Puede desprender antimonio y los ftalatos.
Comunmente Encontrados en: galones de leche, bolsas de plástico, envases de yogurt.
Comunmente Encontrados en: Botellas de condimentos, film transparente, anillos de dentición, juguetes, cortinas de baño
RIESGOS: Desprenden plomo y ftalatos, entre otras cosas. También pueden emitir gases de productos químicos tóxicos.
Comunmente Encontrados en: Las bolsas que ofrecen los supermercados para cojer frutas y vegetales y contenedores de alimentos
Comunmente Encontrados en: tapas de galones, plásticos para almacenar alimentos, vajillas plasticas
Comunmente Encontrados en: bandejas de carne, utencilios de espuma como vasos y platos desechables utilizados en fiestas.
RIESGOS: Pueden desprender cancerígenos y alquilfenoles estrogénicos.
Donde se encuentran estos numeros? En la base del envase suele aparecer un número indicando el tipo de plástico dentro de un triángulo, por ejemplo, un 2 para el HDPE. Estos símbolos se encuentran en todas las botellas plásticas. Cada número indica el tipo de material del cual están fabricadas.
martes, 20 de agosto de 2013
Los derechos de la naturaleza después de la caída de la moratoria petrolera en la Amazonia
ALAI, América Latina en Movimiento
2013-08-19
2013-08-19
Una de las iniciativas ambientales más originales de los últimos
años, originada en Ecuador, buscaba dejar el petróleo en tierra para
preservar la Amazonia y sus pueblos indígenas. Era una idea construida
desde la sociedad civil que se concretó en 2007, durante el primer
gobierno de Rafael Correa, enfocándola en proteger el Parque Nacional
Yasuní, y sus áreas adyacentes (conocidas por la abreviatura ITT). Esos
esfuerzos terminaron pocos días atrás, cuando el gobierno anunció la
cancelación de esa iniciativa y permitir la explotación petrolera.
La idea de una moratoria petrolera en Yasuní-ITT maduró durante
muchos años, pero contó con un marco excepcional otorgado por el sistema
de derechos aprobados en la nueva Constitución de 2008. En ella se
organizan de mejor manera los derechos a la calidad de vida de las
personas, la regulación del uso de los recursos naturales y las
salvaguardas a los pueblos indígenas. En paralelo a éstos, se
reconocieron por primera vez los derechos de la Naturaleza o de la
Pachamama. De esta manera quedó establecido un mandato constitucional
ecológico, que para ser cumplido no podría permitir una actividad de
tales impactos como la explotación petrolera en Yasuní-ITT.
En etapas siguientes, el gobierno mantuvo la moratoria petrolera
pero comenzó a buscar opciones alternativas para lograr una compensación
económica. En aquel tiempo se razonó que Ecuador perdería un estimado
de más de 7 mil millones de dólares por no extraer los 920 millones de
barriles de crudo que estaban debajo del Yasuní-ITT. El presidente
Correa afirmó que si se lograba un fondo de compensación de al menos la
mitad de esas ganancias perdidas, se mantendría la suspensión petrolera.
La condición para la protección del área pasó a estar desde
entonces en recolectar 3 600 millones de dólares. Se diseñaron
distintos mecanismos y justificaciones para implementar ese fondo
internacional, donde gobiernos, empresas o personas, pudieran depositar
dinero. La idea era sensata, ya que existen muchos argumentos por los
cuales otros gobiernos, especialmente del norte industrializado,
deberían ahora apoyar solidariamente la protección de la biodiversidad,
abandonando así su postura clásica de apropiarse vorazmente de los
recursos del sur.
Pero con el paso del tiempo, el andamiaje conceptual gubernamental
comenzó a crujir. Por un lado, se insistía cada vez más en la idea de
la compensación o indemnización económica. Por otro lado, comenzó a
quedar en segundo plano la fundamentación basada en los derechos de la
Naturaleza, para pasar a priorizar argumentos enfocados en detener el
cambio climático global. Se sostenía que se debía mantener el petróleo
bajo tierra para evitar que una vez extraído fuera quemado en algún
sitio, y los gases producidos alimentaran el calentamiento global. Con
ello, la propuesta era sobre todo una compensación económica para evitar
un aumento en el cambio ambiental planetario.
La iniciativa Yasuní-ITT era mirada con mucho interés por la
comunidad internacional y despertaba muchas ilusiones entre varios
movimientos sociales, al ser un ejemplo de una transición postpetrolera.
Pero siempre sufrió de tensiones, como el constante recordatorio
gubernamental de pasar a un “plan B” que consistía en explotar ese
petróleo amazónico, e incluso contradicciones, como fueron las
declaraciones presidenciales contra los posibles donantes
internacionales.
El presidente Correa acaba de presentar varios argumentos para
cancelar esta iniciativa de moratoria en Yasuní-ITT. Uno de ellos fue
denunciar la falta de apoyo de la comunidad internacional, calificándola
de hipócrita. En parte le asiste la razón, ya que muchas naciones
industrializadas crecieron gracias a la expoliación de los recursos del
sur, y la iniciativa Yasuní-ITT les permitía comenzar a saldar esas
deudas. Pero tampoco puede minimizarse que al condicionar la moratoria
petrolera a una compensación económica, se cayó en una contradicción
insalvable. Es que el mandato constitucional ecuatoriano obliga a la
protección de ese tipo de áreas, tanto por proteger los derechos de
indígenas como los de la Naturaleza. Se vuelve muy difícil pedir a
otros gobiernos una compensación económica por cumplir con una
obligación constitucional propia. Una adecuada analogía sería la de un
país que le pide a otros compensaciones económicas por sus gastos en
atender la salud de sus niños.
Otro argumento presidencial se basa en una actitud de optimismo
tecnológico, sosteniendo que ahora sí se puede hacer una explotación
petrolea en la Amazonia minimizando los impactos. Esta actitud es muy
común en varios gobiernos, pero es especialmente paradojal en Ecuador,
ya que allí se vivieron en carne propia los duros impactos de extraer
petróleo en la Amazonia. Esto ha quedado en evidencia en el proceso
contra Texaco-Chevrón. Toda la información científica disponible
abrumadoramente deja en claro los graves impactos de las petroleras en
ambientes tropicales.
El combate a la miseria es otro de los argumentos presidenciales
para cancelar la moratoria petrolera. Esta es una posición que suscita
muchas adhesiones, y debe celebrarse que se usen los recursos naturales
en beneficio del país, en lugar que nutran las arcas de empresas
transnacionales. Pero decirlo no resuelve el problema de cómo asegurar
que ello suceda. Es que más o menos lo mismo sostienen las empresas
(cuando prometen, por ejemplo, que la minería resolverá la pobreza local
y generará empleo), lo repiten unos cuantos gobiernos ideológicamente
muy distintos (la “locomotora minera” de Santos se supone que reducirá
la pobreza en Colombia), y está en el núcleo conceptual del desarrollo
convencional (creyendo que todo aumento de exportaciones arrastrará al
producto interno, y con ello se reduciría la pobreza).
Hay muchos pasos intermedios entre extraer un recurso natural y
reducir la pobreza, y es precisamente en esas etapas donde se originan
multitud de problemas. Estos van desde los dudosos beneficios
económicos de ese tipo de extractivismo (ya que lo que el Estado ganaría
por un lado por exportar petróleo, lo perdería por otro al atender sus
impactos sociales y ambientales), el papel del intermediario (donde las
empresas, sean estatales o privadas, del norte o de amigos del sur, sólo
son exitosas cuando maximizan su rentabilidad, y casi siempre lo hacen a
costa del ambiente y las comunidades locales).
La decisión de Correa genera ondas de choque en diversos planos.
Al liberar a las petroleras, se pone en riesgo inmediato un ecosistema
de alta biodiversidad, y a los pueblos indígenas que lo habitan
(incluyendo aquellos que viven en aislamiento). Se desploma el intento
de aplicar una alternativa postpetrolera, y la capacidad de servir como
ejemplo entre los demás países desaparece. La medida ecuatoriana sin
dudas alentará las presiones sobre áreas protegidas que también se
viven, por ejemplo, en Perú y Bolivia. También muestra que el país no
logra cumplir las promesas de diversificación productiva, y vuelve a
caer en un papel de proveedor de materias primas.
Pero posiblemente el impacto más fuerte ha sido sobre el marco
constitucional de los derechos de la Naturaleza. Es que al final de su
discurso, Correa regresó a la vieja oposición de la década de 1970 entre
desarrollo y conservación ambiental, cuando dijo que el “mayor atentado
a los Derechos Humanos es la miseria, y el mayor error es subordinar
esos Derechos Humanos a supuestos derechos de la naturaleza: no importa
que haya hambre, falta de servicios... ¡lo importante es el
conservacionismo a ultranza!”. Nadie en el ambientalismo defiende la
miseria, sino que denuncian que bajo los titulares de promover el
crecimiento económico no sólo se desemboca en mayores desigualdades
sociales sino que se destruye el entorno natural.
Al margen de esa precisión, el problema es que en esa frase los
derechos de la Naturaleza quedan apenas como un supuesto. Si esos
derechos son dejados a un lado, prevalecerá el desarrollo convencional,
con un nuevo triunfo del petróleo, ya que los impactos sociales y
ambientales no tienen valor económico. Los derechos de la Naturaleza
son una reacción a ese tipo de razonamiento. No son una concesión a las
plantas y animales, o a los ambientalistas, sino que son una necesidad
para poder proteger efectivamente a los pueblos y su patrimonio natural.
Todo esto hace que quede planteada la angustiosa pregunta si el día
en que cayó la iniciativa de moratoria petrolera en la Amazonia de
Ecuador, también no comenzaron a desplomarse los derechos de la
Naturaleza.
- Eduardo Gudynas integra el equipo de CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social). Su twitter es: @EGudynas
http://alainet.org/active/66547
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